Borges decía que no leía escritores contemporáneos, que es arduo difícil conocer escritores contemporáneos, que lo fácil es conocer escritores antiguos, de principios del siglo XX, del XIX, del XVIII, porque ya existe una jerarquía, la historia ya ha dictado sentencia sobre sus obras y sobre todo porque son menos. Los escritores contemporáneos son muchos más. Entonces por dónde empezar, se preguntaba. Decía que le producía cierto vértigo. Algo de razón llevaba.

Lo mismo podría decir de la música. Produce vértigo sobre todo para alguien neófito que por primera vez empieza seriamente a escuchar música “ahora”, e incluso para esos que sólo escuchan música de los 50, 60, 70 y no escuchan música actual porque dicen que ahora se hace una porquería de música, y que aquella música de décadas pasadas es mejor. No seré yo quien se lo discuta.

Así que uno, para ponerse al día, qué hace, por ejemplo: pues coge la revistilla moderna por excelencia, o sea, Rockdeluxe y a uno le coge realmente vértigo. Si tuviera que decir todos los palos que tocan, todas las etiquetas y estilos nuevos que yo desconocía, la cantidad de artistas que hay de los que no había oído hablar en mi vida, y lo peor de todo, cada tres de cuatro de estos artistas nuevos son unos genios… ¡madre mía! No digo que no sea cierto. Tampoco quiero decir que sea un mala revista, quizá le falta el sentido del humor que tiene vuestra publicación: esas opiniones desautorizadas y esas cartas donde os meten caña. Es realmente divetido. Si no fuera así no la compraría, porque a la postre sólo leo dos o tres artículos y alguna crítica. Inspirados están ustedes cuando escriben sobre Giant Sand, ese escurridizo y misterioso Howe Gelb (¡vaya personaje fascinante!) y Yo La Tengo…

Bueno a lo que iba, que pierdo el hilo. ¿Hay una gran saturación de bandas y músicos? ¿Hay saturación de música? ¿Qué creen ustedes? No solo de la música que uno escucha y le interesa (aunténtica perversión la de todo el día escuchando música, con el discman, en el tren, en el bus, en el trabajo, en casa, etc., vamos una droga: “I see myself with the headphones on / I’m listening to Wake Of The Flood / And I’m high / Frightened of nothing / Smarter than nobody…” Ira Kaplan) sino también de la que a uno le toca tragarse. No es tan fácil como decir, apago la radio, apago la tele, no. El enemigo es más poderoso de lo que uno piensa. ¡La música está en todas partes!

Yo de tanta saturación musical he terminado, me dicen, escuchando música muy rara y poca. Me he refugiado en unos discos y no quiero salir de ellos. Nada de seguir la moda, la corriente, las nuevas tendencias, los nuevos grupos. Un disco de John Coltrane, “Ascencion”; unos de los Dirty Three; dos de Low y el “Emergency” de Tony Williams y así por el estilo, los alterno con dos o tres más, como Chuck Berry, que es divertido y hace bailar que te cagas, y a rular. Son mi comida espiritual. Triste y pobre, sí, pero lo prefiero así. Después de escuchar “Ascencion” uno aprecia más el silencio. Esto es quizá lo que busco en definitiva, un poco de silencio (no me da la gana hacerme monje ermitaño allá a lo alto y solitario de una montaña). ¡Y de prensa musical muy poca! ¡Estoy a régimen musical! ¡Lo que faltaba por oír!¿No?

La reflexión (buena) sobre el silencio (y la saturación) que es lo que en definitiva quería contar, la hace muy bien Joan Fuster y os hago participes de ella. La leí el otro día y la transcribo aquí:

¿No se producirá, cualquier día, una reacción a favor del silencio? Veo que vamos por el camino de una saturación alarmante. Nunca, la gente -las multitudes- habían tenido acceso a la música sino de tarde en tarde, y con motivos de fiesta religiosa o profana. Las clases altas, puede que un poco más, pero tampoco mucho más. Inventamos el gramófono y sus discos primitivos, y eso ya fue una especie de “democratización”. Con los transistores y otros trucos más o menos electrónicos, la música ha devenido alimento sistemático de la oreja humana. En los bancos, en las tiendas, en los cementerios civilizados, en los bares, en los trenes, en todas partes, la música os acompaña. Por la calle, veis individuos que caminan con los auriculares puestos, y los conductores de coches encienden, con el vehículo, su radio-cassette. Y ni que hablar de los locales especializados: las discotecas, por ejemplo. Ahora no importa qué música sea: Bach, o los Rolling, Mantovani o Peret, una copla o un corrido de Plácido Domingo. Cada uno, problamente, se ajusta sus preferencias, que nuestro señor nos haga a todos santos. El caso es que, queramos o no, navegamos permanentemente en medio de un discurso sonoro cualquiera. Como es muy fácil hacerlo, podríamos atribuir la culpa a las multinacionales del ramo. Y no nos equivocaríamos… ¿Un retorno al silencio? Será difícil. En las áreas urbanas, el silencio no existe. Y además, ¿para qué el silencio? Hemos abandonado los usos de la conversación gratuita, y tenemos miedo de la soledad. Todo va ligado. El problema es que oímos música y no la escuchamos.

“Contra la música”, del libro “Sagitari”, 1985.

Así que lectores saturados de música, pónganse a Coltrane a todo volumen en las orejas y después tómense un aspirina y siéntense en el sofá de su casa a disfrutar del silencio. Suerte si pasa un moto por la calle, dulce melodía para sus oídos. ¡Contra la música!

Un saludo. Josevi.