En “Ferdydurke”, de Gombrowicz, el profesor Pimko decide transformar a Jojo (Pepito en la traducció argentina), un treitañero, en un adolescente de dieciséis años obligándole a pasar todos sus días en un banco escolar como un colegial más. La situación burlesca encierra una pregunta de hecho muy profunda: ¿acabará un adulto al que todo el mundo se dirige sistemáticamente como a un adolescente por perder la conciencia de su edad real? En términos más generales: ¿pasará el hombre a ser tal como lo ven y lo tratan los demás, o encontrará la fortaleza para salvaguardar, pese y contra todos, su identidad?
M.K.
Un dels motius que em van captivar de “Ferdydurke” es que planteja algo tan complex i fascinant (per a mí) com es la identitat. Qué es la identitat?
La idea que es fem de nosaltres en quina medida ve definida per les idees de les persones que tenim al voltant?
De vegades “no ens ofegem y estrangulem en la estreta y rígida concepció que de nosaltres tenen les demés persones”?
Pero, no intentem conseguir la identitat a través de la identificació amb un altre ser?
La identitat es la pugna copulativa de la nostra conciencia del que creem que som davant del que pensen de nosaltres els demés?
La identitat es algo en continua formació o no?
Aconsegueix la identitat “completarse” en la edad adulta?
Sempre m’ha atret la idea de que tenim dos cares: una cara pública i l’altra privada. “Només sóc jo mateix quan estic a soles”. Quanta veritat hi ha en aquesta cita?
La xica que s’enamora de nosaltres, de quina cara se enamora? De la privada?! (Cóm si antes de establir una relació íntima amb ella només li mostrem la pública?) De la pública?! De les dos per supost! Pero no pergues una de les dos cares!
En Grease (sí, ja sé que pot fer gracia) Olivia, comença una guerra per recuperar una de les dos cares que Travolta li ha negat: la privada. I ell pugna per no perdre la cara privada. No vol per ninguna de les maneres que la Privada pase a ser la Pública perque llavors pasará a tindré una cara tan sols: la privada que será pública!
Pero, mostrem les dos cares a la novia o a la dona, o la privada mai la mostrem? Mostrem alguna vegada la nostra cara més íntima a algú? En un dels meus llibres preferits, “Kim” de Kipling “la historia de la salvació de dos homes, u per la via contemplativa, l’altre per la activa” com diu Borges, hi ha un poema que a mí em va fascinar:
Algo debo a la tierra en que crecí,
Más a la vida que me alimentó,
Pero aún más a Alá que me dio una cabeza
Con dos lados distintos.
Podré pasarme sin camisa ni zapatos,
Amigos, tabaco o pan
Antes que perder un solo instante
Uno de los dos lados de mi cabeza.
“El hombre con dos identidades”
Moltes vegades subratlle coses que em pareixen interesants d’un llibre. Dos o tres capítols després vaig trovar en “Kim” un paràgraf que havía subrallat; no el recordava:
Muy pocos blancos, pero muchos asiáticos, son capaces de hundirse en el asombro, por así decirlo, repitiéndose su propio nombre una y otra vez, dejando la mente libre para meditar sobre eso a lo que se llama identidad personal. Cuando uno se hace más viejo, esa capacidad desaparece de ordinario, pero mientras dura puede apoderarse de un hombre en cualquier momento.
¿Quién es Kim…, Kim…, Kim?
No deixa de ser significatiu que el “Ferdydurke” de Gombrowicz, un polaco, parle de la identitat. Polonia, un país que en segle XX, va ser constantment “amenaçat” per dos grans potencies com Alemania i Rusia:
…la Historia ha enseñado a los polacos lo que quiere decir no ser. Privados de Estado, vivieron durante más de un siglo en el corredor de la muerte. “Polonia “todavía” no ha perecido” es el primer y patético verso de su himno nacional y, hace unos cincuenta años, Gombrowicz, en una carta a Czeslaw Milosz, escribía una frase que no se le habría ocurrido a ningún español: ” Si, dentro de cien años, nuestra lengua todavía existe…
M.K.
Pero jo, més que ficarme ara a analitzar la identitat espanyola o catalana que tan en boga está, voldría acabar amb un paràgraf del Ferdydurke molt divertit: una pelea escolar força singular. (Si has arrivat fins ací es millor que et prengues un respir i t’agarres una cervesa).
Pepito, acabat d’arrivar a l’escola, flamant nou alumne de treinta anys, es veu obligat a ser el superarbrit d’un duel de ganyotes (carasses) entre Polilla i Sifón, companys seus de clase. El motiu del duel es que Sifón ha descubert a traïció a Polilla somian amb el peón i fent cara de peón. “El peón” es el ideal amb que somnia Polilla convertirse (el ideal íntim a qui ningú revelem, la nostra secreta proyecció personal) i així lliurarse de la tirania que li ha imposat el profesor Pimko, que amb els seus judicis i opinions l’ha convertit en un ingenuo e infantil col·legial: en un cuculito. Polilla reta a Sifón.
Todos se callaron y le miraban como si estuviera chiflado mientras Sifón se preparaba para una contestación sarcástica. Pero el rostro de Polilla expresaba una rabia tan furiosa, que pronto aquél percibió todo el terrible significado del desafío. ¡Muecas, aquella arma y, a la vez, tortura! Ahora la lucha sería hasta el final. Algunos se atemorizaron viendo a Polilla sacar a la luz del día aquel temible instrumento que hasta entonces nadie se atrevía a usar sino con el mayor cuidado y a hurtadillas. ¿Cómo? Polilla se proponía hacer en público lo que ellos se permitían únicamente a solas con el espejo, a puertas cerradas, cuando nadie los veía. Y yo retrocedí un paso, pues comprendí que Polilla, enfurecido, quería envilecer con sus muecas no sólo a Sifón y a su adolescente, ¡sino a los peones, a los muchachos, a sí mismo, a mí y a todo el mundo!
Després de la última clase, quan es buida rapidament, allí mateix, es reunisen els quatre testimonis citats, dos per cada banda i Pepito:
De pronto, en la clase vacía y cerrada, quedaron sólo siete personas, es decir, Pylaszczkiewicz (Sifón) y Polilla, Bobek, Hopek, Conejo, un tal Pyzo, segundo padrino de Sifón, y yo, en el medio, como juez supremo, enmudecido superárbrito de los árbitros. Y sonó la irónica, aunque preñada voz de Conejo, quien, algo pálido, leía en un papelito las condiciones del encuentro:
“Los adversarios se colocarán cara a cara y se atacarán con sus caras espetándose una serie de muecas, de modo que, a cada constructiva y positiva mueca de Sifón, Polilla contestará con una contramueca destructiva y negativa en grado sumo. Deberán hacerse las muecas más drásticas, personales, íntimas, entrañables y privadas, más hirientes y demoledoras, sin ningún freno, para lograr la decisión definitiva.”
Se calló. Sifón y Polilla ocuparon sus puestos; Sifón se frotó las mejillas, Polilla movió la mandíbula y Bobek declaró, castañeteando los dientes: “¡Podéis empezar!” Y justamente cuando decía eso, que “podéis empezar”, justamente cuando decía que había que empezar, la realidad sobrepasó definitivamente sus límites, lo insustancial culminó en pesadilla, la inverosímil aventura se volvió un sueño dentro del cual yo, atrapado, no podía moverme. Parecía como si mediante un largo adiestramiento se alcanzase por fin un grado donde se pierde el rostro. Y no sería nada extraño que Polilla y Sifón hubiesen tomado sus rostros arrojándoselos entre sí. Balbuceé:
-¡Ah, tened piedad, tened piedad por sus rostros, tened piedad por mi rostro, por lo menos…!
Pero ya Sifón adelantaba su facha y disparaba la primera mueca, tan violentamente, que también mi rostro ¡se contorsionó como si fuese de gutapercha! Es decir, Sifón parpadeó como quien sale de la oscuridad a la luz, miró a diestro y siniestro con piadoso asombro, empezó a revolver los ojos, los giró hacia arriba, los desorbitó, abrió la boca, lanzó un pequeño grito como si hubiese visto algo en el techo, adoptó una expresión de admiración y persistió en ella encantado, inspirando; después puso su mano sobre el corazón y exhaló un suspiro.
Polilla se contrajo con toda su musculatura y lo golpeó desde abajo con la consiguiente demoledora contramueca: también revolvió los ojos, también los giró hacia arriba, también los desorbitó en pleno goce de la idiotez. Y movió la facha así preparada hasta que una mosca se posó en el tabique de su nariz: entonces se la comió.
Sifón no prestó en absoluto atención a eso, como si la pantomima de Polilla fuera nula (tenía sobre su rival la superioridad de actuar por principios, no por sí mismo), sino que estalló en un llanto ardiente, piadoso; sollozaba, llegando así al ápice de la humillación, de la revelación y la emoción. Polilla también estalló en un llanto y sollozó en abundancia hasta que una gota pendió de su nariz y entonces la vertió en la escupidera llegando así a la cumbre del asco. Este insolente atentado a los más sagrados sentimientos hizo perder momentáneamente el equilibrio a Sifón: no aguantó, lo advirtió a pesar suyo e, irritado, al margen de los sollozos, echó sobre el atrevido una mirada pulverizadora. ¡Descuidado! ¡Polilla esperaba justamente eso! Cuando notó que había logrado atraer desde las alturas la mirada de Sifón, enseguida enseñó los colmillos e hizo su facha de modo tan abominable, que aquél, herido en lo vivo, resopló. ¡Parecía que Polilla dominaba! Bobek y Hopek exhalaron un suspiro. ¡Prematuramente! ¡Lo exhalaron prematuramente!
Porque Sifón, advirtiendo a tiempo el yerro de haberse infiltrado en el rostro de Polilla y que la irritación le hacía perder el dominio de su propia facha, efectuó con rapidez el retroceso, compuso sus facciones y de nuevo giró la mirada hacia arriba; además, levantó la mano y, de pronto, ¡alzó el dedo indicando arriba! ¡El golpe era poderoso!
Polilla alzó enseguida el mismo dedo y escupió sobre él, se lo puso en la nariz, se rascó con él, lo humilló como podía, como sabía; se defendía atacando y atacaba defendiéndose, mas el dedo de Sifón, invencible, inalcanzable, permanecía siempre señalando las alturas. Y no causó ningún efecto que rascara el talón e hiciera todo lo humanamente posible para tornarlo asqueroso -¡oh, desgracia, desgracia!-; el dedo de Sifón, invicto, inconmovible, persistía dirigido hacia arriba sin ceder en absoluto. La situación de Polilla se volvía terrible porque ya había gastado todas sus asquerosidades, mas el dedo de Sifón siempre, siempre indicaba lo alto. ¡El espanto invadió a los árbirtros y al superárbrito!
-¡Victoria!- gritó Conejo.
Polilla tenía un aspecto terrible. Retrocedió hacia la pared gimiendo, echando baba por el hocico, entre estertores convulsivos; agarró el dedo y tiró, tiró queriendo arrastrarlo, arrancarlo de raíz, echar, aniquilar esa vinculación con Sifón, recobrar la independencia. Y, aunque tiraba con todas sus fuerzas, despreciando el dolor, ¡no podía! ¡El nopodermiento se dejó sentir de nuevo! Mas Sifón podía siempre, podía sin cesar, olímpicamente tranquilo, con el dedo hacia arriba. ¡Oh, qué horror! He aquí dos caricaturas frente a frente y, entre ellas, yo, el superárbrito, aprisionado para siempre, prisionero del semblante ajeno, de la ajena mueca. Mi rostro, cual un espejo de los rostros suyos, también se retorcía; el espanto, el asco, el pavor dejaban en él su estigma. Payaso entre dos payasos, ¿cómo podía hacer algo que no fuera una payasada? Mi dedo, en el zapato, secundaba trágicamente a sus dedos y yo hacía muecas…, hacía muecas… y sabía que me aniquilaba a mí con mis muecas. ¡Nunca! ¡Nunca ya escaparé de Pimko! Nunca volveré a mí mismo. ¡Oh, qué horror!, y qué silencio! Pues el silencio era por momentos absoluto; no, ningún ruido de armas. Únicamente muecas y gestos silenciosos.
De improviso rompieron el silencio unos gritos espantosos de Polilla:
-¡A él! ¡A él! ¡A él!
¿Cómo? ¿Qué? ¿Todavía… algo? ¿Todavía algo más? ¿Acaso no basta ya? Polilla dejó el dedo, se arrojó sobre Sifón y le aplicó un sopapeadísimo sopapo. Bobek y Hopek se arrojaron sobre Conejo y Pyzo, respectivamente, y les aplicaron respectivos sopapos. Cayeron. Un montón de cuerpos en el suelo y, por encima de ellos, yo, inmóvil, como un superárbrito.
En breves instantes, Pyzo y Conejo estaban ya atados con los tirantes; Polilla se sentó sobre Sifón y comenzó a jactarse descaradamente:
-¡Ah, mi adolescentucho inocente! ¿Creías vencerme? El dedito arriba y todo arreglado, ¿no es cierto? ¡Ah, ah,…! (Aquí abusó del más atroz vocabulario.)
-Suéltame- gimió Sifón.
-¿Soltarte? ¡Enseguida te soltaré! Te soltaré enseguida, pero no sé si te soltaré igual que eres ahora. Sí, sí, en seguida…, pero antes charlemos un rato. Dame tu orejita. Te acordarás de mí. Por suerte se puede todavía penetrar en el interior por la vía de las orejas… Entraré…, entraré… Dame, te digo, la oreja…
Se inclinó sobre él y empezó a hablar en voz baja. Sifón chilló como un lechón al que asesinasen y saltó como un pez sacado del agua. ¡Polilla le apretó! Y se efectuó una verdadera persecución en el suelo, porque Polilla buscaba con la boca una oreja y otra oreja de Sifón, quien, cabeceando, trataba de que sus orejas huyeran. Y rugió por fin… Viendo que no podía huir, rugió para tapar las mortíferas palabras de Polilla que le iniciaban y le enteraban. Rugía de modo lúgubre, terrible, se hizo todo él un grito primitivo y desesperado. ¡No! ¡Era increíble que los ideales pudiesen emitir semejante rugido de bisonte salvaje en la selva! El verdugo rugió también:
-¡Mordaza! ¡Mordaza! ¡Métele mordaza! ¿Qué esperas? ¡Mordaza! ¡Métele la mordaza!
¡Me vociferaba a mí! ¡Era yo quien debía poner la mordaza! Pues Bobek y Hopek, a horcajadas sobre sus árbritos respectivos, no podían moverse. ¡No, yo no quería! ¡No podía! Me quedé inmóvil y me heló el asco de todo gesto, de toda palabra, de toda forma de expresión. ¡Oh, superárbrito! Mi treintena, treintena, ¿dónde está la treintena mía, dónde está mi treintena? ¡Ya no hay treintena! Y de improviso Pimko aparece en la puerta de la clase, de pie, con zapatos amarillos de gamuza, un abrigo gris y un bastón en la mano. Estaba de pie… de un tan absoluto y definitivo como si hubiese estado sentado.
(Després d’aquesta violació orejil -com Polilla li conta “cóm” i “qué” se fa amb una xica i que es necesari saberlo per deixar de ser ingenuo- Sifón es suïcida (te enteres dos o tres capítuls després), i Polilla no torna a recuperar la seua cara original, com una goma que s’ha estirat massa i no retorna a la forma original. De fet li va creixent una ganyota cada vegada més horripilant.)
Moltes vegades, en una discusió ens defenem de les opinions de un altre, que ens definisen, que pareix que es volen imposar. Pero, per qué les discutim? Per qué ens te que importar la opinió externa? Per qué volem imposar la nostra opinió, la nostra veritat? Serem així si diem que som així? O, serem allò si diuen que som allò?
by Manolo
04 des 2005 at 18:17
No cal ser, o no ser. No cal definir-se completament davant els demés. És part del joc, no?