Es temps de contes de Nadal, pero la veritat es que… (blufff mental) havia estat pensant en escriuren un, inventat, un parida, pero no ha pogut ser (sé que alguns ho deplorareu) tinc el disc dur un poc cremat, i no me ix res de res. Havia estat pensant també en ficarne un, pero buscant i fent memoria resulta que no en conec cap ni un. No son lo meu els contes nadalencs, per això a tots aquells que els done grima els Nadals no vos importará que copie este “conte”, está biografia, esta petita vida “imaginaria” (una de les meues favorites) del capitá Kid, del llibre “Vides imaginaries” de Marcel Schwob, que res te a vore amb els Nadals. (Tan sols te a vore amb la crueltat de que fa gala el Capitán Kid, que es queda de parbulari davant la crueltat estética de qui me fica les llumetes nadalenques al meu carrer. I al tio dels megáfonos que fica villancicos a tot volum el mate. El Capitán Kid penjava a este tio en un plis).

Alguns de vosaltres ja la coneixeu, la historia, ja ho sé, pero la relectura dels clasics (com este) produiex regocijo (joia), i més amb Marcel Schwob (amb una asombrosa i deliciosa traducció de Julián Pérez Millán).

No cal que gaste en vano adjetivos y palabrería (parauleria?) fútil i superflua per a dir qui era Marcel Schwob, pero hi ha una anécdota que parla per ella a soles de la categoría humana e intelectual de este escriptor francés: el dia del seu entarrament, on van acudir totes les grans figures intelectuals del París de fin de segle, Alfred Jarry va apareixer vestit de rigurós luto (tan afectat per les llágrimes que pareixía que s’havia pixat); el mateix Alfred Jarry que va apareixer vestit de dona, amb perruca inclosa el dia que van enterrar a Apollinaire (sí, el que estava en les trinxeres sopensant qué tenia més categoria poética si el txitxi o el forat de cagar).

Amb categoria poética vos felicite els Nadals: a tots aquells que entren per ací, tant els que diuen algo com els que no, que vos donen per la novena puerta celestial!

El Capitán Kid

No hay acuerdo acerca de por qué razón se le puso a este pirata el nombre del cabrito (Kid). El acta por el cual Guillermo III, rey de Inglaterra, lo invistió del mando de la galera La Aventura, en 1965, comienza por estas palabras: “A nuestro leal y bienamado Capitán William Kid, comandante, etcétera. Salve”. Pero es seguro que ya entonces era un nombre de guerra. Unos dicen que acostumbraba, elegante y refinado como era, calzar siempre, tanto en combate como en maniobra, delicados guantes de cabritilla con vueltas de encaje de Flandes; otros aseguran que durante sus peores matanzas exclamaba: “Yo que soy suave y bueno como un cabrito recién nacido”; otros aun, pretenden que metía el oro y las alhajas en sacos muy flexibles, hechos de cuero de cabra joven, y que se le ocurrió usarlos el día que saqueó un navío cargado de azogue con el cual llenó mil bolsones de cuero que todavía están enterrados en el flanco de una pequeña colina en las islas Barbados. Basta con saber que su pabellón de seda negra llevaba bordados una cabeza de muerto y una cabeza de cabrito, lo mismo que llevaba grabado su sello. Los que buscan los muchos tesoros que ocultó en las costas de los continentes de Asia y de América, llevan delante de ellos un pequeño cabrito negro que debe gemir en el lugar donde el capitán enterró su botín; pero ninguno ha logrado nada. El mismo Barbanegra, quien había sido aleccionado por un antiguo marinero de Kid, Gabriel Loff, sólo encontró en las dunas sobre las cuales se levanta hoy Fort Providence, gotas dispersas de azogue que rezumaban de la arena. Y todas sus excavaciones son inútiles, porque el capitán Kid declaró que sus escondites serían eternamente ignorados debido al “hombre del balde sangriento”. Kid, en efecto, fue acosado por ese hombre durante toda su vida, y los tesoros de Kid son acosados y defendidos por aquél desde que éste murió.

Lord Bellamont, gobernador de las Barbados, irritado por el enorme botín cobrado por los piratas en las Indias Occidentales, equipó la galera La Aventura y obtuvo del rey, para el capitán Kid, la comisión del mando. Hacía mucho tiempo que Kid sentía celos del famoso Ireland, que saqueaba todos los convoyes. Le prometió a Lord Bellamont que tomaría su chalupa y que lo traería con sus compañeros para hacerlos ejecutar. La Aventura llevaba treinta cañones y ciento cincuenta hombres. En primer término Kid tocó Madera y se aprovisionó de vino; después Buenavista, para cargar sal; por fin Santiago, donde completó el aprovisionamiento. Y de ahí se hizo a la mar hacia la entrada del Mar Rojo donde, en el Golfo Pérsico, hay un lugar en una pequeña isla que se llama la Clef de Bab.

Fue allí donde el capitán Kid reunió a sus compañeros y les hizo izar el pabellón negro con la cabeza de muerto. Juraron todos, sobre el hacha, obediencia absoluta al reglamento de los piratas. Cada hombre tenía derecho a votar e igual opción para provisiones frescas y licores fuertes. Los juegos de naipes y dados estaban prohibidos. Las luces y las candelas debían estar apagadas a las ocho de la noche. Si un hombre quería beber después de esa hora, bebía en el puente, en la oscuridad, a cielo abierto. La compañía no recibía mujeres ni muchachos. Aquel que los introdujera disfrazados sería castigado con la muerte. Los cañones, las pistolas y los machetes debían mantenerse bien cuidados y relucientes. Las querellas se ventilarían en tierra, con sable o con pistola. El capitán y el segundo tendrían derecho a dos partes; el maestre, el contramaestre y el cañonero, a una y media; los otros oficiales a una y un cuarto. Reposo para los músicos el día del Sabbat.

El primer navío que encontraron era holandés, al mando del Schipper Mitchel. Kid izó el pabellón y le dio caza. El navío mostró enseguida los colores franceses; entonces el pirata lo interpeló en francés. El Schipper llevaba un francés a bordo, el que respondió. Kid le preguntó su tenía un pasaporte. El francés dijo que sí. “Y bien, por Dios –respondió Kid-, en virtud de su pasaporte lo apreso como capitán de este navío”. Y en seguida lo hizo colgar de la verga. Después hizo que viniesen los holandeses uno por uno. Los interrogó y, haciendo como que no entendía nada de flamenco, ordenó para cada prisionero: “¡Francés; la tabla!” Se fijó un tabla hacia afuera de la borda. Todos los holandeses corrieron por ella, desnudos, delante de la punta del machete del contramaestre y saltaron al mar.

En ese momento, el cañonero del capitán Kid, Moor, alzó la voz: – Capitán, ¿por qué mata a esos hombres?- gritó. Moor estaba ebrio. El capitán se volvió, tomó un balde y le dio con él en la cabeza. Moor cayó con el cráneo partido. El capitán Kid hizo que lavaran el balde, pues habían quedado cabellos pegados con sangre coagulada. Ningún hombre de la tripulación quiso volver a usarlo para mojar el lampazo. Dejaron el balde atado a la borda.

Desde ese día el capitán Kid fue acosado por el hombre del balde. Cuando apresó al navío moro Queda, tripulado por hindúes y armenios, con diez mil libras de oro, al hacer el reparto del botín el hombre del balde sangriento estaba sentado en los ducados. Kid lo vio claramente y echó un juramento. Bajó a su cabina y vació una taza de bombú. Luego, ya de vuelta en el puente, hizo arrojar el viejo balde al mar. En el abordaje del rico buque mercante Mocco no encontraron con que medir las partes de oro en polvo del capitán. “Un balde lleno”, dijo una voz a espaldas de Kid. Éste cortó el aire con su machete y enjugó sus labios, que echaban espuma. Después hizo colgar a los armenios. Los hombres de la tripulación parecían no entender nada. Cuando Kid atacó al Hirondelle, se acostó en su litera después del reparto. Cuando despertó se sintió empapado de sudor y llamó a un marinero para pedirle con qué lavarse. El hombre le llevó agua en una cubeta de estaño. Kid lo miró fijamente y aulló: “¿Es así cómo se comporta un caballero de fortuna?” ¡Miserable! ¡Me traes un balde lleno de sangre!” El marinero huyó. Kid lo hizo desembarcar y lo dejó “cimarrón”, con un fusil, una botella de pólvora y una botella de agua. No tuvo otra razón para enterrar su botín en diferentes lugares solitarios, en las arenas, con la convicción de que todas las noches el cañonero asesinado iba a vaciar el pañol del oro su balde para arrojar las riquezas al mar.

Kid se dejó prender a la altura de Nueva York. Lord Bellamont lo envió a Londres. Fue condenado a la horca. Lo colgaron en el muelle de la Ejecución, con su casaca roja y sus guantes. En el momento en que el verdugo le calaba hasta los ojos el gorro negro, el capitán Kid se debatió y gritó: “¡Me cago en Diez! ¡Yo sabía muy bien que me metería su balde en la cabeza!” El cadáver ennegrecido permaneció enganchado en las cadenas por más de veinte años.