S’han escrit estos dies un fum de articles força interesants sobre tot aquest rebombori i aldarull en el mòn islamic degut a unes caricatures de Mahoma (caricatures daneses!!!). No sé si la gent de xano-xano sa enterat de este fet, pero la veritat es que estos dibuixets (lo pitjor de tot es son força roïns) han provocat milers de protestes de “sacrilegi” i manifestacions (i sis morts!!!) de una violencia inusitada.

Darrere de tot açò com sempre hi deuen haber interesos polítics pero el malestar del poble islamic es real. I jo me pregunte com es posible que esta gent estiga tan molesta (per llei Mahoma no pot ser representat gráficament) i no s’agarren les coses amb més sentit del humor. Per a entendre millor aquesta falta de sentit del humor (en les religions hi ha una incompatibilitat entre lo cómic i lo sagrat) copie este xicotet text sobre el concepte estétic de la “agelastia” escrit (evidentment) per Milan Kundera.

Aquesta reflexió em resulta molt interesant, llegiu-la please:

Mientras que los que afectan “gran seriedad” la ostentan por todas partes a su alrededor, el pastor Yorick, un personaje de Tristram Shandy, no ve en ello sino engaño, “un manto que encubre la ignorancia o la sandez”. La rebate cuanto puede con comentarios “ingeniosos, llenos de humor”. Esta “imprudente manera de mostrarse ingenioso” es peligrosa; “por cada diez chascarrillos se gana un centenar de enemigos”, hasta tal punto que un día, ya sin ánimos de resistir a la venganza de los agelastos, “arroja la espada” y acaba muriendo “traspasado de dolor”. Sí, así es como, mientras cuenta la historia de su Yorick, Laurence Sterne emplea la palabra “agelastos”. Es el neologismo que creó Rabelais a partir del griego para designar a los que no saben reír. A Rabelais le horrorizaban los agelastos, por cuya culpa, según sus propias palabras, estuvo a punto “de no escribir ni jota”. La historia de Yorick es un guiño fraternal que Sterne hace a través de los siglos a su maestro.

Hay personas a quienes admiro por su inteligencia, a las que estimo por su honestidad, pero con quienes no me siento a gusto: censuro mis comentarios para no ser mal interpretado, para no parecer cínico, para no herirlas con una palabra demasiado atrevida. Ellas no viven en paz con lo cómico. No se lo reprocho: su agelastia está profundamente anclada en ellas y no lo pueden remediar. Pero yo tampoco puedo remediarlo y, aun sin odiarlas, las evito de lejos. No quiero acabar como el pastor Yorick.

Todo concepto estético (y la agelastia lo es) plantea una problemática sin fin. A aquellos que antaño lanzaban contra Rabelais anatemas ideológicos (teológicos) los incitaba algo todavía más profundo que la fidelidad a un dogma abstracto. Los sacaba de quicio un desacuerdo estético: el desacuerdo visceral con lo no serio; la indignación contra el escándalo de una risa desplazada. Si los agelastos tienden a ver en toda broma un sacrilegio es porque, en efecto, toda broma es un sacrilegio. Hay una incompatibilidad irremediable entre lo cómico y lo sagrado, y sólo nos queda preguntarnos dónde empieza y dónde acaba lo sagrado. ¿Estará confinado sólo en el Templo o, al extender más allá su dominio, también hace suyos los llamados grandes valores laicos, la maternidad, el amor, el patriotismo, la dignidad humana? Aquellos para quienes la vida es, por entero, sin restricciones, sagrada reaccionan ante cualquier broma con irritación, encubierta o no, porque en toda broma aparece lo cómico, que, en sí, es un ultraje al carácter sagrado de la vida.

No se entenderá lo cómico sin entender a los agelastos. Su existencia otorga a lo cómico su plena dimensión, lo señala como un desafío, un riesgo, revela su esencia dramática.

Los agelastos, “El Telón. Ensayo en siete partes”, Milan Kundera