Permítanme hacerles de crítico de cine, ya que no tienen - pues miren uno se presta a hacer una cosa detestable por el módico precio de “gratis” (aunque no es cierto porque tuve que pagar un alto precio, es decir, tuve que pagar una entrada de 5,50 machacantes de ala; y dónde se ha visto que uno trabaje y en vez de recibir peculio reciba la siniestra sonrisa de una taquillera pálida como la muerte misma acompañada de “son 5,50” (hágame el favor, señorita, de sonreír mejor o de no sonreír cuando dice semejante cifra, por favor, me está chafando el día)). Aprovechando mi lumbalgia “mecánica” que me tiene postrado (bondades del trabajo) y de baja (qué descanso, oigan) he decido ir al cine, que ya hacía lustros que no iba, a ver no una película en particular (no tengo ni idea de qué películas echan (debe ser sin h, no?) pues estoy descolocado y como ya he dicho hace un montón de tiempo que no piso la sagrada y mullidita alfombra de un cine) sino a que me sorprenda alguna maravilla (qué iluso!).
Pero antes de que les haga la crítica debo desviarme un poco, así lo entenderán mejor, es decir: mi estado de ánimo cuando llego al cine, a los Ábaco, conocido por todos ustedes.
Sepan ustedes que hoy (ayer, hace unos días para ustedes) me he levantado con una lumbalgia de aúpa que me ha hecho ver las estrellas. Después de llegar a la cocina como mi difunta abuela, o sea tan encorvada que aspiraba el polvo del piso (-¿Dónde está la abuela, mamá?- Sigue las baldosas relucientes, hijo!), y desayunar penosamente esta vez no por la nariz, faltaría más, he decidido llamar al trabajo para confirmarles qué hoy y posiblemente los días siguientes no pase mi cuerpo por allí, y regalarme unos días para mi cuidado especial, tanto espiritual como físico. ¡Faltaría más! Pero cómo siempre hay que pagar un precio, pues mi palabra, y la tuya querido lector, no vale un pimiento y me piden un justificante, o sea, que saque mi maltrecho cuerpo de casa y lo meta en urgencias (hoy día de fiesta (aún no sé qué fiesta es el 16 de mayo en Vila-real, ya me lo explicarán) el ambulatorio está cerrado y mi médico de cabecera, mientras yo sufro horrores, se está pegando la vida seguramente tumbado en una tumbona sorbiendo no sé qué refrescante bebida alcohólica (qué ellos prohiben con severidad) (y ya que estamos abriendo paréntesis me pregunto por qué cuando uno se imagina que otro se está pegando la vida padre se lo imagina tumbado en una hamaca en un lugar bien exótico cómo si eso fuera la quintaesencia del bienestar y con una cara de gustito que ponen (por que oigan, cuando me lo imagino el tipo tiene cara de gustito, como si se la estuvieran chupando no una rubia sino tres)). Valga me Dios, arreando a urgencias, qué remedio. Y qué les voy a decir de las salas de urgencias que ustedes ya no sepan: un horror, pero un horror horror. Con la esperanza, eran las tres de la tarde, de llegar y que no hubiera nadie, porque son horas de hacer la siesta y uno aunque este malo no se mueve si tiene que hacer la siesta (que me conozco yo al personal) me persono para constatar (mis ganas de vivir más se fueron a hacer gárgaras) que aquello estaba abarrotado, como si fuera aquello el mesón del vino. Evidentemente había calculado mal, la mayoría de gente eran madres con sus criaturas lloronas y enfermizas y, claro está, no hacen siesta si la prole se pone mala, e-vi-den-te-men-te. Después de estar esperando media hora, pacientemente, sin que nadie se moviera (ni llamaban a nadie con el esperanzador “siguiente” ni el que estaba dentro salía) uno empieza a preguntarse qué demonios hace la gente en las consultas que está tanto tiempo allí dentro, porque a mí me despachan siempre en cinco minutos:
-Qué tiene?
-Esto, esto y esto.
-Es usted alérgico a algún medicamento?
-No.
-Pues, ale, tómese esto cada ocho horas y se le pasará, y desfilando que es gerundio.
Lo que ha tardado usted en leer esto es lo que tarda mi médico en despacharme, y no veo porque la consulta se debe alargar más. Pues hoy picado (una hora y media en espera) le he hecho al médico dos o tres preguntas más de las habituales para ver si la cosa se alargaba un poco más. Ha sido inútil, el tipo como si me adivinara las intenciones me ha dado unas palmaditas (odio a la gente que da palmaditas) y me ha dicho que no me preocupara y que fuera desfilando. ¡Maldición! ¿Será verdad, en fin, que todos los que siempre entran allí están más enfermos que yo? Lo digo porque el tipo misterioso que no salía de allí dentro había estado más de media hora (¿se habrá roto algún hueso? ¿tiene los síntomas preocupantes de una enfermedad degenerativa? ¿le están operando a vida o muerte el ojete? Me preguntaba yo, iluso de mí) salió fresco como una rosa, brincando diría yo, exultante de felicidad (¿habrá sido un éxito la operación de ojete?), incluso saludando al personal, me pareció, con las dos manos cogidas, gesto inequívoco de los ganadores de carreras de caballos. Se trataba de un tipo moreno y cachas, deportista de pocas luces con hortera cadena de oro al cuello y chandal ciberespacial al estilo Star-trek. El capitán Kirk español, vamos. Pues ese tipo gilipollas, más sano que sano tuvo más atención que yo, muerto de dolor por culpa del lumbago como estaba. Ustedes no saben lo que me hizo ese doctor adorador de la saga Star-trek, ni se lo imaginan, vamos, pero hagan un esfuerzo. Entran ustedes ya por fin en la consulta, muertos de dolor y el doctor les hace sentarse en la camilla, se va a la mesa, registra un cajón y les viene con un martillito blanco. Y qué imaginan que les va a hacer el doctor Spook con el martillito: ¡pues sí! Les da los característicos y típicos golpes en la rodilla para ver si tienen aún reflejos o la cosa es más grave de lo que parece a simple vista. Mis dos piernas responden correctamente y el doctor, experto soplapollas, me suelta que tengo una lumbalgia mecánica. Irritado, hirviendo por dentro de rabia me abstengo de preguntarle no sólo que coño significa lo de “mecánica” sino para qué demonios me ha dado esos golpecitos idiotas en las rodillas y por qué no me ha palpado la espalda ¡Ni siquiera me la ha mirado! Finalmente me hace la pregunta de rigor cuando me da unos sobre para el dolor: ¿Es usted alérgico a algún medicamento? (Y esto me lo dice porque yo decido hacer una pregunta de esas que no son habituales: ¿Qué es doctor? (Normalmente el médico antes de hacer esta pregunta explica que es lo que da al paciente)).
-No. No soy alérgico a nada.
-Pues desfilando que es gerundio.
Imagínense ahora el estado de ánimo con el que llegaba yo al cine (catedral espiritual en mis tiempos mozos). Pero antes de salir del ambulatorio tuve que sufrir al típico tipo (el que iba delante de mí) que va al médico no con su mujer o madre o novia, sino con su primo/as, nieto/as, abuelo/as, hijo/as, hermano/as, nuera, madrina, tutor, profesor de inglés, y el perro porque no lo pueden entrar. El tipo, que parecía aquejado de un simple resfriado (aparte de estar aquejado de ausencia de sesos si de esto uno puede estar aquejado) y no de haberse roto las piernas (el solo, pero en su caso hipotético me inclino a deleitarme pensando que alguien bendito le hubiese ayudado gentilmente en su rotura) se trajo consigo a sus tres hijos (subnormales retrasados y de la peor calaña: alborotadores natos) a una chica bastante fea que debía ser su hermana, a su mujer subnormal como los hijos y para rematar a su anciano padre, que se miraba de forma bastante despiadada a su prole, y que parecía estar pensado lo mismo que yo, seguramente, “¿de dónde ha salido esta gente?” En su caso la pregunta es bastante más trágica.
Cómo esto se ha alargado bastante sin darme cuenta y ustedes ya están hartos dejo para la semana que viene la crítica de la película, palabra de honor.

Lo de urgencias y las horas de descanso es de sobras conocido en Castellón; por ejemplo: nunca vayas a las 9 de la noche, porque no te atenderán hasta, al menos, las 11 y pico. Así que si te pones malo, vete al restaurante más cercano, pídete una pizza, y disfruta de las dos horas de espera cómodamente sentado cenando. Entonces, bien cenadito y descansado, ya puedes ir a urgencias a esperar al mismisimo Dr. House si hace falta.
Ei nen que no has dit ni el film que vas vore.
Lumbalgia “mecànica” , però que eres un robot. Eixe metge venia del mesón, segur.
P.C.: Que te millores.
Ara acabe d’entendre el títol del post!!
#3. Pero al final sí que ha pogut ser!! :p
Xenkiu Solrac.
#4 A vore si ho entenc, has anat a vore una pel.lícula sobre pits balinesos? No, tat? On està el autoproclamat crític de cinema?
No era tan mal intecioná la frase a final, vaya.
no lo digas, que lo sé. Fuiste a ver “La lumbalgia mecánica”, en la que a ritmo de beethoven, un grupi, digo grupo de vila-realenses masacra a otros jóvenes y acaban todos en el hospital.
La cinta la diviría en dos partes bastante diferenciadas, la patología en la primera y el tratamiento en la segunda. A mí lo que más me gusta es la música que acompaña al ritmo de la cinta, y junto con la fotografía de laszlovack scvhntjko conforman una singular obra posneoexprealista. Bazofia, vayan a ver el código da vinci.
P.S.:un post en castellà?
#7 P.S Ja deia jo que li trobava alguna cosa estranya al post…
Ostres Josevi, doncs et va passar en les festes patronals. Podries haver tingut més sort amb el tipus de gent que et vas trobar allí. A part del típic maromo (que no pots evitar, sempre te’n trobaràs un -ni més, ni menys… es veu que es reparteixen per totes les urgències-) amb dona, fills, nets i demés familiars que lis vinga be apuntar-se podries haver trobat la simpàtica borratxera amb els típics diàlegs:
Natros: -Xe, com està Pepet?
Mare de Pepet: -Ai, pues be… Sou uns xics que no bebeu i clar, amb dos cubatetes doncs vos poseu mals.
Natros (mirant-mos): -Psiii… No va beure molt anit.
Des de dins se sent: Tirotitiraaa por ahi.. el benao, el benao…
Al rato:
Natros: -Xe Pepet, com te troves?
Pepet (destroçat però amb un somriure d’orella a orella): -De meravella, de meravella…
parece que no gusta al ciudadano
mi estilo castellano
y ya saben ustedes como termina la rima
pero como soy educado
no les dire que les den por el…
#9.Pero açò, Manolo, a tú també te pasa en eixa elitista i exclusiva sala de espera a la que tu vas?
Siii, clar home. Estem a Espanya. Què preguntes!
Pero tu no vas a un doctore privat?
Ah, si?
Tu no vas al doctore que visita al costat de ma casa?
Ja fa més de dos anys que no vaig a vore al meu antic metge de capçalera, ara jubilat, que tenia consulta a ca la sogra que viu al cantó de ta casa. Collons, quanta informació, parec Mariñas.
Però be, allí el que sempre trobaves eren auelos, sempre. I una imatge xunga de Santa Llúcia amb un plat a la mà amb dos ulls (per a que et conserve la vista, diuen…).
Aaaah…veus, ja dia jo que me sonava.
No tens cap foto de això! Qué brutal!
Be, l’ama de la casa és ma tia. Està tronà. És d’estes que van a misa cada vesprada… Sempre podria passar a fer-li una visita i de paso, pleim! Foto!
Ah, recorde una altra cosa: Els sofans d’eskay marrò (els petorros que et tiraves si no et donaves compter; supose que algun auelo harà aprofitat i…), el piso verd botella i les parets de marbre marró. Tot allò feia que no destaqués tant la verge eixa d’un metre d’alçada.
Ah, una altra cosa. La orla del metge allí penjada junt a molts diplomes. Sempre em preguntava si, quan em fera la meua, tots pareixeriem tant vells com els que allí veia: Pareixeré mon pare, així com ho pareixen tots estos?