Un dels autors contemporanis que més m´ha impresionat es W.G. Sebald. En la meua dispar, feliç i fortuita lectura mai he lleguit, crec, més de dos o tres llibres seguits d´un mateix autor. Increíblement, reflexionant-lo ara, com si no m´haguera adonat dels llibres que han caigut a les meues mans últimament podem contar entre ells les quatre noveles del escriptor alemá. Una explicació vaga de esta absorció es la impresionant e hipnótica veu de Sebald, que m´ha tingut hipnótic durant les últimes semanes.
Una de les coses que més sorpren (al principi) de les quatre noveles de Sebald (Vértigo, Los emigrados, Los anillos de Saturno y Austerlitz) que han anat polulan per casa son els dibuixos, fotocopies de documents i fotografies que hi han en ells. En casa tots curiosejaven els llibres preguntantse o preguntantme qué eren aquelles imatges.
Al final del capitul IV de “Los anillos de Saturno” llegueixo açò:
Por la tarde, hasta la hora del té, permanecí solo, sentado en el bar-restaurante del Hotel Crown. Ya hacía un buen rato que se había atenuado el tintineo de los platos en la cocina, en el reloj de pared, equipado de un sol saliente y poniente y una luna que aparece al atardecer, las ruedas dentadas se prendían las unas en las otras, la péndola se movía regularmente de un lado a otro, la aguja grande del reloj iba dando su vuelta a impulsos ininterrumpidos y por un momento me sentí ya en la paz eterna cuando en mi lectura más bien distraída del dominical del “Independent”, me topé con un largo artículo que guardaba relación directa con las imágenes de los Balcanes que había estado mirando por la mañana en el “Reading Room”. El artículo, que trataba de las denominadas limpiezas étnicas que los croatas habían llevado a cabo hace cincuenta años en Bosnia, bajo el consentimiento de alemanes y austríacos, comenzaba con la descripción de una fotografía sacada por uno de los milicianos de la ustachá croata, evidentemente para la posteridad, en la que los camaradas, de un humor excelente y en parte adoptando poses heroicas, cortan la cabeza a un serbio llamado Branco Jungic con un serrucho. Una segunda fotografía, tomada como bromas, muestra el cuerpo ya separado de la cabeza con un cigarrillo entre los labios medio abiertos del último grito de dolor. El lugar de este hecho era Jasenovac, el campamento emplazado junto al Salva, en el que sólo setecientos mil hombres, mujeres y niños fueron asesinados con métodos que a los expertos del gran imperio alemán, como se comentaba en un círculo más íntimo, les hubieran puesto los pelos de punta. Serruchos y sables, hachas, martillos y puños de piel que se ceñían en el antebrazo con cuchillos inmóviles fabricados en Solingen exclusivamente para cortar cuellos, eran sus instrumentos de ejecución preferidos además de un tipo de patíbulo transversal en el que, como si fueran cornejas o urracas, ahorcaban en fila a quienes no pertenecían al pueblo croata, ya fueran serbios, judíos o bosnios que habían acorralado. No muy lejos, a no más de quince kilómetros de Jasenovac, existían los campos de Prijedor, Stara Gradiska y Banja Luka, donde la milicia croata, con las espaldas cubiertas por las fuerzas armadas alemanas y con la bendición de la Iglesia Católica, terminaba su jornada diaria de una forma similar. La historia de esta masacre de varios años está documentada en cincuenta mil actas que alemanes y croatas dejaron tras de sí en 1945, que hasta hoy, según el autor del artículo publicado en 1992, se conservan en el archivo Bosanske Krajine, de Banja Luka, que está o estuvo instalado en un antiguo cuartel del imperio austrohúngaro, donde la central de información del grupo E del ejército tenía su cuartel general en 1942. Sin ninguna duda, allí estaban informados de lo que entonces pasaba en los campos de los ustachá así como de los hechos inauditos que acaecían, por ejemplo, en el transcurso de la campaña de Kozara, dirigidas contra los partisanos de Tito, en la que murieron entre setenta y noventa mil personas por las llamadas acciones militares, ejecutadas a consecuencia de las deportaciones. La población femenina de Kozara fue transportada a Alemania y una vez allí desguazada en su mayor parte mediante el sistema de trabajos forzados que se hacía extensivo a toda la zona del Reich. De los niños que habían quedado, de una cifra inicial de veintitrés mil, la milicia asesinó inmediatamente a la mitad, la otra fue deportada a Croacia, a diferentes puntos de reunión, y de ellos no fueron pocos los que, aun antes de que los vagones de ganado alcanzaran la capital croata, perecieron de tifus, agotamiento y terror. Muchos de aquellos que todavía seguían vivos, destrozaron con los dientes, de puro hambre, la pequeña placa de cartón que llevaban al cuello con sus datos personales, borrando así, en la desesperación más absoluta, su propio nombre. Más tarde fueron educados al catolicismo en el seno de familias croatas, se les envió a confesar y a tomar la primera comunión. Como todos los demás aprendieron en la escuela la tabla de multiplicar socialista, se pusieron al frente de una profesión, se convirtieron en trabajadores del ferrocarril, vendedoras, constructores de herramientas o libros. Pero hasta el día de hoy nadie sabe qué clase de sombras merodean en su interior. Por lo demás, en este punto hay que añadir que en aquel tiempo, entre los oficiales del servicio de información del grupo E del ejército, había un joven jurista vienés que era el máximo responsable de redactar los memorandos concernientes a los desplazamientos de la población que por razones humanitarias habían de ser organizados con la mayor urgencia posible. Por estos trabajos meritorios de escritura le fue otorgada, de manos del jefe de Estado Croata, Ante Pavelic, la medalla de plata con hojas de roble de la corona del rey Zvonomir. En los años posteriores a la guerra, parece que el oficial, ya tan prometedor al comienzo de su trayectoria y sumamente versado en el mecanismo de la administración, fue ascendido a diversos altos cargos, entre otros incluso al de Secretario General de Naciones Unidas. En esta última función fue supuestamente él, quien, para posibles habitantes extraterrestres del universo, dejó grabado un mensaje de salutación en una cinta magnetofónica que ahora, junto con otros hechos representativos de la humanidad, navega a bordo de la sonda espacial Voyager II por el extrarradio de nuestro sistema solar.
by Javi
24 ago 2006 at 10:59
I t’has “xumplat” quatre noveles seguides? No hauràs rigut molt estes setmanes, no.
Per sort, el llibre nou que te vaig pispar ahir t’endolçarà l’humor. Anit vaig estar llegint el proleg i me pixava de risa. A vore si copie alguna coseta…
by josevi
25 ago 2006 at 18:35
La veritat es que no he rigut masa, pero si me posat tot melanconios. He encontrat un artícul de Susan Sontag (antes que la palmara) publicat en The Times Literary Supplement l´any 2000 en aquesta direcció http://www.herreros.com.ar/melanco/sontag.htm
força interesant. Per a qui vullga saber algo més de la obra de Sebald.
by Javi
29 ago 2006 at 10:06
Ostras, aixina que Brown(i)e de Xocolate, també surt al llibres de Sebald?
Caramb, Caramb, Carambolas!!
p.d: Per cert, hi ha que vore quin rotllo li tirava la Susan Sontag. Espere que esl llibres siguen tan interessants com el comentaris que fa d’ells
by josevi
30 ago 2006 at 20:05
Desde luego jo te recomane “Los anillos de Saturno”, que es posiblement el que més em va agradar, claro que “Vértigo” el primer, també te passajes força bons. Están bé tots.
Per cert, ja sabeu qui es el Secretari general de nacions unides del que parla?