Esta vegada el disco que vull destacar está més en la onda i del gust del senyor que manté esta página web, supose, ara que pareix que ha camviat el zumbido electrónico per la tesitura desértica del oncle Gelb. Reconec que tot el disco per a mí es masa, pero te tres o quatre cançons força atractives que durant les últimes semanes no he pogut deixar de punxármeles, com per exemple la autobiográfica “The Boom Boom Bap” sobre aquell atac al cor que va sofrir el autor, Green Gartside, ja fa una pila d´anys quan contava amb vintipoquets; o “Throw”. Pero potser este disco desperte en Manolo el gust de tornar a composar (o emular: no es un verb derivat del program Emule sino un verb, una acció, lamentablement vinguda a menos e injustament denostá en els últims anys) i creure que es pot amb un ordinador i algo de imaginació i bon gust composar unes bones canços. La crítica ve a carrec de Ignacio Julià.

Curioso personaje Green Gartside, un músico (¡albricias!) capaz de discutir de estructuralismo con su amigo el filósofo Jacques Derrida, de admirar por igual al marxista Antonio Gramsci y a la inigualable cantante Aretha Franklin. Joven comunista galés en la escena punk británica, ya estaba en activo a finales de los 70, pero el terror escénico podía con él –la ansiedad le causó un infarto a los 23 años-, hasta que el single “The sweetest girl” le hizo celebridad-pop-de-la-semana en 1981 y ya no hubo vuelta atrás. Dos estupendos elepés de soul-pop electrónico, “Songs To Remember” y “Cupid & Psyche 85”, un falso retorno a finales de los 90 con “Anomie & Bonhomie”, y ahora esta desopilante demostración de talento y flexibilidad, de penetrante elocuencia y merecido atractivo comercial. Porque lo que este hombre logra en “White Bread Black Beer” es alta cocina, no chusca pitanza: en su propio estudio doméstico imagina neumáticos arreglos de funk ligero, una sonoridad gomosa, melódica que atrapa a McCartney y Wilson- también a Paul Simon- en una ingrávida burbuja de sonido bailable o absorbente, recuperando el mejor sonido de los 80 – lo hubo fuera del rock-, pues demuestra que la miel sintética no es totalmente ajena a la inteligencia y el buen gusto. Como si Spandau Ballet nunca hubieran existido, tú, y él no llevara quince años en dique seco: aunque quizá sea esta la clave de tan abundante calidad, tres lustros almacenando canciones dulcemente alambicadas como “The boom boom bap”, “Throw”, “After Six” o “Locked”. Una lección de fantasía para todos aquellos sinvergüenzas que hicieron del pop sintético una miserable baratija en las dos últimas décadas.

Ignacio Julià