Me lleguit fa poc “Las cartas de la ayahuasca” publicat en 1963. Es un llibre de correspondencia (peculiar) y altres escrits de William Burroughs y Allen Ginsberg. La mayor part del llibre son cartes de Burroughs datades en 1953 quan va empendre un viaje a la selva amazónica de Colombia i Perú en busca de la ayahuasca(planta que te pega pelotaso). Recorde que una vegada vaig proposar fer un viaje col.lectiu pero la proposta no va tindre molt d´exit, sobretot quan vaig comentar que la ayahuasca produia violentes diarreres i vomits a tutiplen amén de vore a familiars que porten prou de temps enterrats i poder parlar amb ells. Bueno, pues en este llibre per a qui se´l vullga lleguir i estiga interesat en els efectes de la ayahuasca es mensionen sesións chamániques força descriptives. Jo per el contrari vos adjunte una “farsa” (coguda) burroughsniana que me va pareixer molt divertida: “Roosevelt tras la toma de posesión” enviada en una de estes cartes a Allen Ginsberg:
23 de mayo
LimaQuerido Al,
Te adjunto una farsa* que me saqué de la manga. La idea me vino en un sueño del que me desperté riéndome.*Ésta farsa es la primera de las “farsas” de Burroughs: “Roosevelt tras la toma de posesión”. El género adquirió luego vida propia, como en el caso del culo parlante de “El almuerzo desnudo”; posteriores cartas a Ginsberg desarrollaron gran parte del material de ese volumen. Los editores ingleses eliminaron “Roosevelt tras la toma de posesión” de la edición original de “Las cartas de la ayahuasca”. Esta farsa la publicó por primera vez Leroi Jones en el número 9 de la revista Floating Bear, que fue legalmente confiscado, bajo acusación de obscenidad, cuando sus responsables enviaron ejemplares del mismo a una persona que se hallaba en la cárcel. Posteriormente, el texto apareció en edición artesanal, publicado por la editorial Fuck Your Press, de Ed Sander. En 1979 City Lights Book lo publicó, junto con otros ensayos breves, bajo título de “Roosevelt tras la inauguración y otras atrocidades”. (N. del E. Americano)
ROOSEVELT TRAS LA TOMA DE POSESIÓN
Inmediatamente después de la toma de posesión, Roosevelt apareció en el balcón de la Casa Blanca vestido con la túnica púrpura de un emperador romano, conduciendo un león desdentado y ciego que llevaba atado con una cadena de oro. Desde el balcón se dirigió a los electores como quien llama a los cerdos, gritándoles que vinieran a ocupar sus cargos. Los electores acudieron en tromba, gruñendo y chillando como buenos cerdos.
Un viejo marica, conocido por la policía de Brooklyn como Annie la Pajolera, fue nombrado jefe del Estado Mayor, con lo que los jóvenes oficiales a su cargo empezaron a ser sometidos a inenarrables humillaciones en los aseos del Pentágono. Con el fin de evitar esta situación, muchos de ellos instalaron letrinas de campaña en sus despachos.
El cargo de la biblioteca del Congreso se lo dieron a una lesbiana travestida, que inmediatamente prohibió la entrada de hombres al recinto; un profesor mundialmente famoso de filología sufrió una rotura de mandíbula a manos de una viril tortillera cuando intentó entrar en la biblioteca. La biblioteca quedó reservada para orgías lesbianas, que la encargada bautizó como Ritos de las Vírgenes Creadas.
Un veterano mendigo fue nombrado secretario de Estado; olvidando la dignidad de su cargo, se dedicó a pedigüeñar monedas de cinco y diez centavos por los pasillos del Departamento de Estado.
Slim el del Metro, desvalijador de borrachos, asumió el cargo de subsecretario de Estado y jefe de Protocolo, y provocó la ruptura diplomática con Inglaterra cuando el embajador inglés “se le despertó”-término que los desvalijadores de borrachos utilizan para dar a entender que su víctima volvió en sí mientras le registraban los bolsillos- en un banquete celebrado en la embajada sueca.
Lonny el Chulo se convirtió en “embajador itinerante”, y se marchó de gira, junto con cincuenta “secretarios”, para ejercer su despreciable oficio.
Un transformista conocido como Eddie la Dama accedió a la jefatura de la Comisión de Energía Atómica, y organizó un coro masculino de físicos, que con el nombre de los Muchachos Atómicos empezó a ofrecer sus recitales.
En definitiva, toda una serie de ancianos caballeros, que habían encanecido y perdido los dientes sirviendo lealmente a su país, fueron despedidos sumariamente y en los más groseros términos (“Estás despedido, viejo chocho. Lárgate con tus almorranas a otra parte”). En muchos casos, se les expulsó físicamente de sus despachos. Quinquis e indeseables de la más baja ralea pasaron a ocupar los más altos cargos de la nación. A continuación mencionaremos tan sólo algunos de los nuevos y escandalosos nombramientos:
Secretario del Tesoro: Mike Pantopón, viejo heroinómano.
Jefe del FBI: el ex encargado de una sala de baños turcos, especialista en masajes poco éticos.
Fiscal general: un personaje conocido como el Visón; vendedor de condones usados y estafador de poca monta.
Ministro de Agricultura: Luke el Bagre, vago habitual de Villacoños, Alabama, que llevaba veinte años colocado de paregórico y extracto de limón.
Embajador del Reino Unido: Wilson Grasa de Ballena, que se financiaba los vicios dándole el palo a fetichistas en tiendas de zapatos.
Jefe de Correos: el Niño de la Peste Amarilla, viejo yonqui y estafador venido a menos. Actualmente practica el llamado “timo de quitártela del ojo”, que consiste en colocarle un falsa catarata en el ojo al salvaje (“salvaje” es julay, en argot de estafadores). El truco más barato que se conoce.
Cuando el Tribunal Supremo desestimó algunas de las iniciativas legislativas perpetradas por esta vil pandilla, Roosevelt obligó a los miembros de ese augusto organismo, uno detrás de otro y bajo la amenaza de rebajarlos inmediatamente al grado de encargados de letrinas del Congreso, a copular con un mandril de culo morado. De modo que aquellos venerables y venerados caballeros se vieron forzados a someterse a los abrazos de un salaz simio gruñidor, mientras Roosevelt y la pelandusca de su esposa, junto con el veterano Harry Hopkins, contemplaban el lamentable espectáculo y compartían una comunal cachimba de hachís entre obscenas risotadas. El juez Blackstrap sucumbió en el acto a una hemorragia rectal, pero Roosevelt se limitó a reírse, comentando groseramente: “Si hay algo que sobra, son magistrados”.
Hopkins, incapaz de controlarse, se retorcía por el suelo, presa de sicofánticas convulsiones, repitiendo una y otra vez: “Me matas, jefe. Me matas”.
Al juez Hockactonsovol el simio le arrancó las dos orejas a mordiscos. Cuando el juez presidente Howard P. Herringbone pidió ser excusado, alegando almorranas, Roosevelt le espetó brutalmente:
No hay nada mejor para las almorranas que una polla de mandril por el culo. ¿No es así, Harry?
Y que lo digas, jefe- contestó Harry-. Yo no uso otra cosa. –Y luego, volviéndose al juez-: Ya has oído lo que ha dicho. Pon tu carcomido culo en esa silla y muéstrale al simio visitante un poco de hospitalidad sureña.
A continuación, Roosevelt reveló de su cargo al juez Blackstrap, que fue dado de baja “por enfermedad”, y nombró al mandril en su lugar.
Ésa si que es buena- dijo Hopkins, estallando en violentas carcajadas.
De modo que a partir de ese momento las sesiones del Tribunal se llevaron a cabo en presencia de un simio berreante, que cagaba y meaba y se masturbaba encima de la mesa, y que con cierta frecuencia se abalanzaba sobre alguno de los jueces y lo hacía picadillo.
“Está emitiendo un voto de protesta”, decía entonces Roosevelt con una risita maliciosa.
Los puestos que de aquella manera iban quedando vacantes solían ser ocupados por simios, con lo que al cabo de un tiempo el Tribunal Supremo pasó a estar integrado por nueve mandriles de culo morado; Roosevelt, afirmando ser el único capaz de interpretar sus decisiones, se hizo así con el control del más alto organismo de justicia de la nación.
Roosevelt no tardó en eliminar las restricciones impuestas por el Congreso y el Senado. Soltó innumerables cangrejos y otras alimañas en ambas cámaras. Tenía un equipo de idiotas adiestrados, que ante una determinada señal irrumpían en los salones y cagaban en el suelo; y una serie de alborotadores pertrechados con instrumentos musicales de viento y mangueras antiincendios. Introdujo un sistema de reparaciones continuas. Un ejército de trabajadores tomó por asalto las cámaras, golpeando a los legisladores en la cara con sus tablones de madera, vertiéndoles alquitrán hirviendo por la cabeza, dejando caer herramientas encima de sus pies y saboteando su trabajo con el ruido de sus taladros de percusión. Finalmente, mandó instalar excavadoras en las diferentes dependencias, de tal manera que los legisladores más recalcitrantes fueron enterrados vivos o perecieron ahogados en la inundación que arrasó las cámaras cuando estallaron las cañerías. Los supervivientes intentaron proseguir con su labor en la calle, pero fueron detenidos por vagos y maleantes y condenados a trabajos forzados como cualquier otro delincuente común. Tras su puesta en libertad se les prohibió volver a ocupar sus cargos, debido a sus antecedentes penales.
Poco a poco, Roosevelt se fue abandonando a un comportamiento tan incontinente y vil que resulta vergonzoso describirlo. Instituyó una serie de concursos diseñados para promover los más bajos actos e instintos de los que es capaz la especie humana. Además de concursos como el de Actividades Reprobables y el de Tretas Sucias, se creó la Semana de Denuncia al Mejor Amigo- de la que quedaban descalificados los chivatos profesionales- y el codiciado título de Hombre más Infame del Año. Algunos candidatos de muestra: el yonqui que le robó un supositorio de opio a su abuela sacándoselo del culo; el capitán de barco que se disfrazó de mujer y se tiró de cabeza al primer bote salvavidas disponible; el policía de la brigada contra el vicio que acusaba falsamente a inocentes, tras colocarles una polla artificial en la bragueta.
Nuestra especie, tal como la conocemos, le inspiraba a Roosevelt un odio tan feroz que deseaba degradar al ser humano hasta hacerlo irreconocible. Sólo soportaba los comportamientos extremos. Todo lo que representaba un valor promedio, como la mediana edad (que consideraba totalmente disociada de la edad cronológica), la clase media o los estamentos burocráticos, le repugnaba. Una de las primeras cosas que hizo fue quemar todos los archivos almacenados en Washington; miles de burócratas se lanzaron a las llamas.
“Haré que esos mamones se alegren de convertirse en mutantes”, solía decir, con los ojos perdidos en el espacio, como si buscara nuevos horizontes de depravación.

El moment explosiu de la farsa, on ja se t’escapa la carcallada és el de: Roosevelt obligó a los miembros de ese augusto organismo, uno detrás de otro y bajo la amenaza de rebajarlos inmediatamente al grado de encargados de letrinas del Congreso, a copular con un mandril de culo morado.
Moment sublim també del llibre es quan descriuen les sesions o les visions mentre els chamans els fan pendre la ayahuasca: una enorme vagina gegant apareix al centre del univers!!
I dius tú que encara volies envenenar-nos amb eixa planteta? Bandido!!
L´altre dia en el tren, mentre pensaba coses tan profundes com: per qué els ous es batisen en un plat fondo i no en un got quan volem fer una tortilla amb ells? per qué ésta manera de operar tan popular i comú en tots el llocs on es fan tortilles a favor del plat fondo i en denostació del pobre got (lo cómodo que es fer-lo dins d´un got)?, el tipo que tenia al costat, un home de negocis de mitjana edad, amb traje, maletí, periodic financiero correctament plegat y totalement derrotat per un dia agotador en el treball, es va despertar d´un somni fent aspavientos amb els braços i les mans al grito desesperado de:” -No, no… no me comas coño gigante!!!”
Allí mos van quedar tots més parats que Penev dins de l´area enemiga. Ah, i el tio es va refer amb una flema que ni els británics: es va ficar la gabardina i s´en va anar a un altre vagó.
He de recordar que la primera en ferse arrere en el asunt este de ficarmos segos de ayahuasca va ser Alis. Eh, eh, Aaalis. qué dius?