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La tejedora »

Josevi | Històries personals, Literatura, Música | ds., 2007/març/31 — 15:26

Fa dos semanes no vaig poder soportar la profunda decepció que em va produir “The Weirdness”, en nou disc de els Stooges(!!) en estudi. En veritat no, no em va produir tal decepció (profunda per lo menos), perque ja em temía que el disc sería fluix, pero no una merda de les grans. Pero mira, va ser la excusa perfecta per a tirarme a la beguda una bona vesprada, fingin estar tot afectat, regan el meu fingit pesar amb unes bones cerveses. No hay mal que por bien no venga.

En Ruta 66, está clar, els han fulminat. En aquest cas, el pitjor de tots, Jaime Gonzalo, en la crítica del mes, que a pesar de sus pesares (es fan de la banda, com jo, claro) no ha pogut evitar sentirse estafat al escoltar el disc: “Tan poco excitante como husmear en el cesto de la ropa interior sucia de tu abuela… Entre lo ramplón y lo grotesco, confundiendo espontaniedad con vulgaridad, poco puede hacer Steve Albini, el productor, con tan endeleble material, aunque así y todo sorprende que encontrándose él a los controles las guitarras dispongan de tan plana presencia. Simple, pero no en el sentido que lo era su primer elepé, no es mejor que cualquiera de los triviales trabajos de Iggy Pop en solitario. Melodías torpes y pueriles, carentes de la inercia instrumental que se les podía suponer; letras marchitas y autocomplacientes cantadas por un banal Iggy en sus más bajas horas vocales. “The Weirdness” es de antemano un fatigado y fraudulento fracaso que no parece obedecer a ninguna motivación artística ni muchíssimo menos a una urgencia creativa; a no ser prestar asidero seguro a la carrera individual de Iggy, que era/es la de un currante que sobrevive de sus giras pero no de sus discos, y extraer a los Asheton del reino de Babia. No ha habido aquí necesidad real, sino operación crematística. Las canciones se han compuesto de la noche a la mañana, como se hizo en “The Stooges”, solo que esta vez no ha funcionado, por mucho que a corto plazo garanticen la permanencia del grupo en los escenarios, disimulando el rancio vodevil que encubren…” Y continúa el triste derribo. Gonzalo acava escoltan els antics álbums dels Stooges per a referse, com jo vaig fer fa unes semanes. No hi ha punt de comparació, entre cervesa i cervesa la sang em vullía escoltant el “Search and destroy”, el “Gimme danger” o el “Raw power” a tot volum. Literalment em pujava per les pareds.

Després de dit açò, ho tenía que dir, la crítica de este mes es la de un disc molt millor, que res te a vore amb els Stooges:

No extraña que, en el cotidiano desfile de mediocridades aupadas a sabor-del-mes que es la actual música popular, alguien con los “cojones” - pronúnciese como lo hace Clint Eastwood, apropiándose del descriptivo término hispano, en recientes entrevistas- repito “cojones” de Lucinda Willliams sea considerada un centauro en el desierto. Perfeccionista obsesiva, librepensadora que nunca se dejó empapelar, artista de la canción como impulso fisiológico hecho expresión de nuestras contradicciones, la Williams entrega su octavo álbum de estudio en un carrera que se inició en el ya lejano 1979. Y me deja clavado, atónito. Comentan algunos admiradores que al disco le faltan canciones de talla si lo comparamos con los anteriores “Essence” (2001) y “World Without Tears” (2003); y ya ni hablemos de aquel “Car Wheels On A Gravel Road” que en 1998 le abrió todas las puertas. Y yo les contesto que hay en “West” algo más que canciones, un deambular entre las tinieblas del alma perfectamente palpable, una narrativa a un tiempo verbal y musical que va moldeando un todo superior a las partes. Es un largo lamento el que proyecta el albúm, una queja interiorizada y desencantadamente rabiosa que observa la necesidad de amar y ser amado -y el dolor y la insatisfacción que eso conlleva- como a menudo ninguneada espina dorsal de la existencia. “Mi alegría ha muerto/Anhelo felicidad/Anhelo conocimiento/Susúrrame al oído/ Deshaz mi lógica/Deshaz mi miedo/ Desúfreme”, canta en “Unsuffer me”, una de las punzantes secuencias de esta obra impertérrita y emocionante, tan de carne y hueso como su autora. Tampoco extraña tanta excelencia sin aspavientos: Lucinda grabó “West” juntó al productor Hal Willner, alguien que entiende de esencias tanto como de sonidos, acompañada por Doug Pettibone y Bill Frisell a las guitarras, Rob Burger a los teclados, Tony Garnier al bajo y el gran Jim Keltner a la batería. ¿Canciones? Hoy las cantan hasta los teléfonos móviles. Esto es otra cosa, una hora larga de verdad envasada al vacío. Y eso no tiene precio.

Ignacio Julià

Tan sols un comentari »

#1 | dv., 2008/gen./18 @ 22:19 | Ignacio Ruiz

¡¡ Completamente de acuerdo contigo ¡¡¡ WEST supera dsicos anteriores y las letras son de un sabor àcido que no deja lugar a dudas sobre la sabiduria de esta chica. He tenido la fortuna de verla dos veces en directo y aseguro que su fama de perfeccionista raya los lìmites (parò varias veces el concierto)pero su voz, us voz es algo único en directo.

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