Encara que va creuar una bandada de búfals amb un jeep milimetre a milimetre i en va sortir viu; i que una cobra estiguera a punt de mosegarlo allá al mitj del desert, a kilómetres d’un hospital, on la picadura esdevindría mortal; i que, una nit sopan a la intemperie, en el Parc Nacional de Mikumi, Tanzania, amb ministres del gobern tanzano, embaixadors, generals, etc, un elefant extraviat de la bandada (el més perillós: “se halla en estado de “amok” y es un agresor frenético que se abalanza sobre aldeas, arrasando chozas y matando a personas y animales…”) es plantara de sobte davant d’ells amb aire amenaçador, Ryszard Kapuscinski solia dir que la gent quan pensa en els perills que es pot trovar en l’África sol errar. Sol pensar que será devorat en la sabana per un lleó; que será atacat per un elefant o per un rinoceront boig, o que se’l menjará un cocodril. Res més lluny de la realitat, en l’África el animal més perillos, com haureu intuit per el títol del post, es el mosquit. Eixams i eixams de mosquit et devoren literalment.
Ryszard Kapuscinski en la seua estancia en l’África a llarg de més de vint anys va contreure i patir en més d’una ocasió la malaria. La malaria es una enfermetat parasitaria que es contrau per la picadura d’un mosquit anomenat Anófeles. Amb el seu estil característic ens relata así la vegada que va estar apunt matarlo la malaria, ja que poc després de haverse recuperat, amb un estat físic débil i baix de defenses, va contraure la tuberculosi, algo que prou comú en l’África.
La primera señal de un inminente ataque de malaria es una inquietud interior que empezamos a experimentar de repente y sin ningún motivo claro. Algo nos pasa, algo malo. Si creemos en los espíritus, sabemos qué es: ha entrado en nosotros un espíritu maligno y nos ha embrujado. Nos ha paralizado y clavado. Por eso no tardamos en sentirnos entumecidos, pesados y sumidos en el marasmo. Todo nos irrita. Sobre todo la luz, detestamos la luz. Nos irrita la gente: sus voces estridentes, su repugnante olor y tacto áspero.
Pero tampoco tenemos demasiado tiempo para experimentar semenjantes ascos y repugnancias, pues al cabo de poco rato, a veces de repente y sin haber dado ninguna señal de aviso, se produce el ataque. Es un súbito y violento ataque de frío. Un frío polar, ártico. Como si alguien nos cogiese desnudos, abrasados por el infierno del Sahel y del Sáhara, y nos lanzase directamente al altiplano helado de Groenlandia y las Spitzberg, entre nieves, vientos y tormentas polares. ¡Qué conmoción! ¡Qué choque! En un segundo empezamos a sentir frío, un frío terrible, espantoso, espectral. Empezamos a tiritar, a temblar, a agitarnos. Sin embargo, no tardamos en darnos cuenta de que no se trata del mismo temblor que conocemos de experiencias anteriores —de cuando, por ejemplo, pasamos mucho frío en la intemperie de un invierno—, sino que nos atenazan unas vibraciones y convulsiones que al cabo de poco tiempo nos desgarrarán en jirones. Y para intentar salvarnos, empezamos a suplicar ayuda.
¿Qué trae el mayor alivio en momentos así? En realidad, lo único que nos puede sacar del mal trance momentáneo es que alguien nos tape. Pero no que nos tape de manera corriente: con una manta, un cubrecama o un edredón. La cosa consiste en que la prenda de abrigo debe aplastarnos con su peso, aprisionarnos en un forma cerrada, apisonarnos. En un momento así, no hacemos sino, precisamente, soñar con que nos aplasten. ¡Nos gustaría tanto que nos pasase por encima una apisonadora!
En una ocasión, tuve un ataque de malaria en una humilde aldea donde no había prendas de abrigo de ningún tipo. Los campesinos me pusieron encima la tapa de un baúl y su quedaron pacientemente sentados sobre ella, esperando a que se me pasase la fase peor de la tiritona. Los más infortunados son aquellos que, al sufrir un ataque de malaria, no tienen con qué taparse. Se les ve a menudo junto a los caminos, en la selva o en las casuchas de barro, se les ve tumbados en el suelo y semiinconscientes, aturdidos y empapados en sudor, y cómo sus cuerpos son sacudidos por rítmicas oleadas de convulsiones. Pero, incluso protegidos por una docena de mantas, cazadoras y abrigos, los dientes nos castañetean y gemimos de dolor porque notamos que este frío no viene desde el exterior —¡fuera hace una temperatura de cuarenta grados!—, sino que lo tenemos metido dentro, que esas Spitzberg y Groenlandias se han instalado dentro, que todos esos carámbanos, témpanos y montañas de hielo circulan a través de nuestro cuerpo, de nuestras venas, músculos y huesos. Este pensamiento podría llenarnos de pavor si fuésemos capaces de hacer el esfuerzo de sentir algo. Pero el pensamiento en cuestión no aparece sino en el momento en que, tras varias horas de febril agitación, el punto álgido del ataque se aleja poco a poco, e, inertes, empezamos a sumergirnos en un estado de agotamiento e impotencia absolutos.
El ataque de malaria no sólo se limita al dolor, sino que, como cualquier otro dolor, es una vivencia mística. Entramos en un mundo del cual tan sólo hace unos momentos no sabíamos nada y, mientras tanto, ese mundo resulta que existe a nuestro lado y que finalmente se ha apoderado de nosotros, nos ha convertido en parte de él: encontramos en nuestro interior simas, despeñaderos y abismos desconocidos cuya presencia nos llena de pavor y sufrimiento. Pero el momento de los descubrimientos pasa, los espíritus nos abandonan, se marchan y desaparecen, y lo que se queda bajo la montaña de los hallazgos más estrafalarios es algo verdaderamente lamentable.
Tras un fuerte ataque de malaria, la persona se convierte en una piltrafa humana. Yace postrado en medio de un charco de sudor; la fiebre no lo abandona y no puede mover manos ni piernas. Todo le duele, la cabeza le da vueltas y tiene mareos. Está exhausto, débil, inerte. Llevado por alguien en brazos, da la impresión de no tener huesos ni músculos. Y pasan muchos días antes de que vuelva a ponerse en pie.
En África, cada año la malaria se ceba en millones de gente; y allí donde se mueve más libremente —en territorios húmedos, pantanosos, situados en zonas bajas— mata a uno de cada tres niños. Hay diferentes tipos de malaria; algunos, los más benignos, se pasan como una gripe. Pero incluso éstos hacen mella en todas y cada una de sus víctimas. En primer lugar, porque en un clima tan infernal se soporta muy mal hasta la indisposición más leve, y en segundo lugar, porque generalmente, los africanos sufren de malnutrición, agotamiento y hambre. Es muy frecuente encontrar aquí a personas adormecidas, apáticas y con los sentidos embotados. Permanecen sentadas o tumbadas en las calles o junto a los caminos durante horas y sin hacer nada. Les hablamos pero no nos oyen, las miramos y tenemos la impresión de que no nos ven. No se sabe si nos ignoran, si se trata de perezosos y haraganes incurables o si las mortifica un despiadado ataque de malaria. No sabemos cómo reaccionar, qué pensar de su comportamiento.
Extracte del llibre “Ébano” / Capitol: “En el interior de una montaña de hielo”

Quina por de relat. És una broma la bufa que te va ixir al peu!
També fa por l’advertència que li feren, quan en un dinar a l’aire lliure irromp un elefant fóra de si:
- Si nos quedamos quietos nos aplastarà; si nos movemos, nos atacarà.