De cuando en cuando, las circunstancias obligan a recurrir a productos tecnológicos “de reserva”. Así, por ejemplo, a principios de los sesenta, el método preferido por los británicos para suicidarse era la intoxicación por gas de uso doméstico, que contenía monóxido de carbono. Sin embargo, desde los albores de la década siguiente, esta práctica dejó de ser posible cuando el metano fue a sustituir el gas de hulla. En parte como consecuencia de este hecho, se hizo cada vez más popular el humo del tubo de escape de los automóviles, que en 1990 se convirtió en la opción más usual, aunque sólo de forma breve, dada la proliferación de los convertidores catalíticos, con lo que se lograron emisiones mucho menos deletéreas. El ahorcamiento y la estrangulación se tornaron entonces en métodos más extendidos, hasta llegar a ser los más empleados cuando el siglo tocaba su fin. Con todo, no dejaron de convivir con otros y, así, las mujeres preferían recurrir a venenos líquidos y sólidos.

David Edgerton, “Innovación y tradicion. Historia de la tecnología moderna”

Curiós llibre que l’autor, catedràtic en el Imperial College de Londres i director del seu Centre per a la Historia de la Ciència, enceta amb humor britànic: Si buena parte de cuanto se ha escrito acerca de la historia de la tecnología está dedicada a niños de todas las edades, este libro esta destinado a adultos de todos los sexos.

Només duc llegides unes quaranta pàgines del meu regal de reis i en elles el missatge d’Edgerton va prenent forma poc a poc. Realment es tan gran l’impacte de la tecnologia? Ja no podem viure sense estar a “la última”?