En la aceituna las mujeres y los hombres se relacionan con una soltura que no existe en ninguna otra circunstancia, se gastan bromas procaces que estarían prohibidas en la vida normal, y a veces, de las gavillas de mujeres arrodilladas, se levanta un escándalo de risas provocadas por historias que a algunas de ellas las hacen enrocejer y que los niños no entienden, o por una copla pícara que entonan a coro varias voces agudas:

En tiempo de la aceituna
se hacen las bodas.
La que no sale al campo
no se enamora.

Yo avanzo de rodillas, siempre al lado de mi madre, fijándome en la velocidad con que ellas recogen aceitunas con las dos manos, picoteándolas entre el índice y el pulgar de cada una como si fueran dos pájaros. Con los jornales que ganemos los dos este invierno me encargará un traje y pagaremos los primeros plazos para un televisor. Yo soy mucho más lento que ella, se me forman padrastros dolorosos, se me rompen las uñas, recojo aceituna y al poco se me caen de la manos, o voy a tirarlas a la espuerta y lo hago con tal mala puntería que caen fuera. Sin dejar de mover los dedos veloces y de avanzar arrodilladas las mujeres me miran y se mueren de risa, burlándose de mi torpeza, y yo me pongo rojo y me vuelvo más torpe todavía.

—Mira qué manos tiene, que parecen de niña.
—Pero si al pobre no se le han calentado todavía, no puede ni juntar las puntas de los dedos.
—Manos de estudiante, y no de aceitunero.
—Pues a todo hay que hacerse en la vida.
—La aceituna que recoge con una mano se le va escapando de la otra.
—Veréis cuando coja lo que yo me sé, cómo no se le escapa.
—Pero mujer, que es un niño, que se ha puesto colorado.
—Será un niño pero seguro que ya sabe manejar la mano del mortero…

Me arde la cara, me he puesto más rojo todavía, me pica el cuero cabelludo, y cuanto más rojo me pongo más alto se ríen las mujeres [...]

Lectura d’estiu: “El viento de la luna”, de Antonio Muñoz Molina