Permítanme hacerles de crítico de cine, ya que no tienen - pues miren uno se presta a hacer una cosa detestable por el módico precio de “gratis” (aunque no es cierto porque tuve que pagar un alto precio, es decir, tuve que pagar una entrada de 5,50 machacantes de ala; y dónde se ha visto que uno trabaje y en vez de recibir peculio reciba la siniestra sonrisa de una taquillera pálida como la muerte misma acompañada de “son 5,50” (hágame el favor, señorita, de sonreír mejor o de no sonreír cuando dice semejante cifra, por favor, me está chafando el día)). Aprovechando mi lumbalgia “mecánica” que me tiene postrado (bondades del trabajo) y de baja (qué descanso, oigan) he decido ir al cine, que ya hacía lustros que no iba, a ver no una película en particular (no tengo ni idea de qué películas echan (debe ser sin h, no?) pues estoy descolocado y como ya he dicho hace un montón de tiempo que no piso la sagrada y mullidita alfombra de un cine) sino a que me sorprenda alguna maravilla (qué iluso!).
Pero antes de que les haga la crítica debo desviarme un poco, así lo entenderán mejor, es decir: mi estado de ánimo cuando llego al cine, a los Ábaco, conocido por todos ustedes.
