Manolo | Històries personals | ds., 2008/set./13 — 13:38

No, no m’agrada copiar i pegar però no puc resistir el fer-ho, paraula per paraula, amb aquest article de Jaime Rubio Hancock. No recordava que m’hagueren entrevistat i que ara estiguera estés al terra damunt un toll de… Bé, llegiu, llegiu…

Un tipo que quiere permanecer en el anonimato: “Lo único que mola es cuando se pegan los hinchas”

Hay gente odiosa en este mundo que habitamos. Gente a la que uno desea, por ejemplo, agarrar por las orejas para golpear su cabeza repetidamente contra el borde de una mesa. Hoy me veo obligado a entrevistar a una de esas personas. Lo hago no por el morbo de recrearme en lo abyecto, en lo inmoral, en lo feo —porque además es feo—, sino a modo de aviso. Porque la gente así existe. No es otro temor vano e informe de los más alarmistas, no es sólo el producto de la imaginación enfermiza y asustadiza de los más catastrofistas, no es sólo otra apesadumbrada queja de los más pesimistas. Y es bueno que todo el mundo lo sepa y esté avisado y tome las medidas oportunas, aunque eso suponga llevar siempre un arma encima y, por supuesto, disparar antes de preguntar.

Porque hoy entrevisto a un tipo repugnante que, como es natural, prefiere mantener su nombre en el anonimato y que confiesa —por favor sentaos todos y si estáis ya sentados, poneos de pie y sentaos de nuevo. ¿Ya? ¿Puedo seguir? Gracias. No sé cómo habéis tardado tanto. En serio. Tenéis las rodillas de un octogenario—, que confiesa, insisto, que… Oh, cómo me gustan los puntos suspensivos… Que asegura que a él no, repito, no, es decir, NO le gusta el fútbol.

“Lo intenté —explica, mientras reprimo mis deseos de agarrarle por las orejas y etcétera, etcétera contra el borde de una mesa—. De niño jugaba de delantero. Y decía que era del Barça. Les pedía a mis amigos que en el campo me llamaran Stoitchkov. Pero en realidad, cuando llegaba el momento de ver un partido por la tele, siempre prefería jugar a algo. Una vez incluso leí”.

Le digo que la lectura y el fútbol no son incompatibles —ahí están el Marca y el As para demostrarlo—, pero contesta, reconozco que con cierta lógica, que hacer las dos cosas a la vez es bastante complicado.

Este desgraciado explica que lo peor es el ostracismo social en el que vive: “Los días de partidos importantes voy al cine y no puedo divertirme haciendo cola durante tres cuartos de hora. O a lo mejor voy a cenar y resulta que ni siquiera tengo que reservar, cuando todo el mundo sabe que eso es lo más divertido de las cenas, sobre todo si es una decisión de última hora. Un horror”.

A pesar de que sus orejas son enormes y me cuesta, pero de qué manera, contener mis ganas de agarrárselas y etcétera, etcétera contra el borde de una mesa, intento razonar con él, si es que algo así es posible. Le hablo de la belleza plástica de ver a los representantes de tu nación humillar con el poder de su hombría y la magia que nace de sus botas en forma de regates a otras naciones enemigas. Le explico lo emotivo que es ver cómo el equipo de tu ciudad remonta un resultado adverso para llevarse a casa una copa. ¡Una copa! ¡Una copa grande! ¡Un copón de mucho cuidado! ¡Con lo pesado que es limpiar el polvo de esas cosas! Le hablo de ese suspiro contenido mientras la pelota surca el aire, gira producto del efecto y toca la red, rozando el palo y haciendo que cientos de miles de personas griten al mismo tiempo. Le digo esas cosas y muchas más hasta que la erección que se inició con mi discurso hace que me duela la etcétera.

Su respuesta… No me atrevo a… Fue… Dijo que… Me cuesta respirar. Pero tengo que hacerlo. Lo escribiré… Aunque duela… Y no hablo de la etcétera… Dijo: “Pues a mí me aburre”.
“A mí me aburre”.

Sí, yo también sentí que todo a mi alrededor daba vueltas, que mi estómago se encogía hasta hacerse tan pequeño como una aceituna, que las uñas se me desprendían de los dedos y caían al suelo haciendo clic-clic-clic. “No sé —añadió, insistiendo en su crueldad—, veinte tíos en calzoncillos, pasándose el balón en el centro del campo… Pf… Casi nunca pasa nada. Si casi todos los partidos acaban cero a cero. Van caminando por ahí. Trotando de vez en cuando. A veces chutan de lejos y fallan. Mira que las porterías son grandes. Serán miopes o algo, ¿no? Lo único que mola es cuando se pegan los hinchas. ¿Te has fijado en que están todos gordos y tienen cara de gañán? Los hinchas, digo. Además, la mayoría son tíos. Es un mundo como muy gay, ¿no?”

Ahí ya no puedo contenerme. Le agarro de las orejas y etcétera, etcétera contra el borde de la mesa. Me limpio la sangre en su camisa y me marcho a comprar cortezas. Me ha tocado comprar las cortezas para el partido de esta noche. Muy gay… Pero si el fútbol le gusta hasta a las mujeres. Y hay cerveza. Y cortezas. A mí me aburre. Anormal. Diviértete ahora recogiendo tus sesos. Qué asco de gente, de verdad. Suerte que son pocos.

26 de junio de 2008

Libro de Notas
Dos puntos comillas — por Jaime Rubio Hancock
Un tipo que quiere permanecer en el anonimato: “Lo único que mola es cuando se pegan los hinchas”.

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